La
escuela de Gustavo Petro.
Entre las conquistas, la fe y la
escuela: una reflexión crítica sobre nuestra herencia cultural.
Por: Jorge A. Cotera - Febrero 12 de 2026.
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os pueblos de América del Sur han sido
objeto de reiterados abusos.
Después de un proceso de relativa liberación, que también nos costó miles de vidas, nuevamente la avaricia se cierne sobre nuestros pueblos.
Ahora la nueva conquista proviene del imperio norteamericano, esta vez apoyado en su tecnología militarista y en una aparente nueva forma de concebir la religión (los protestantes de Rockefeller), que nos invade y nos somete. No sin antes, como ya lo habían hecho los europeos, convencer a buena parte de nuestra población de que su barbarie era una manera de interpretar las palabras de Cristo, el Salvador, y de respaldar, desde esa postura, las acciones de su tecnología de poder, aunque estas fueran en contra de la vida.
Dos siglos después aquí siguen nuestros
pueblos, enfrentados contra sí mismos, engañados por una interpretación
incorrecta de las palabras del que murió en la cruz, y creyendo que los
intereses de un pueblo anglosajón, muy diferente al nuestro, deben ser también
nuestros propios intereses.
La escuela nunca ha estado al margen de esto; por el contrario, estos mismos dispositivos, representados en la forma en que hacemos pedagogía, son los que operan en el aparato escolar.
Por eso, a una escuela colombiana le resulta más difícil comprender cualquier práctica sexual y/o política cercana a nuestros pueblos originarios que aceptar cualquier aberración contra-natura que haya sido legitimada por los poderosos extranjeros.
El problema es que, si ese dios al que
se refieren los cristianos, nunca tuvo una mujer, una amante, una compañera,
una concubina o como se le quiera llamar, entonces también resulta extraño que
un hijo suyo la tenga.
Muchos dioses del mundo, incluyendo los dioses de nuestros antepasados indígenas americanos, tuvieron amantes, consortes o compañeras con quienes compartir su existencia. Para estas cosmovisiones, el sexo es el milagro que posibilita la vida, y no la perversión, fuente de los pecados.
Por eso, para un nativo, puede resultar más abominable un hombre que se declara casto, o una mujer que renuncia a ser madre, que una prostituta que vende su cuerpo para alimentar a sus hijos y salvarles la vida.
Un hombre y una mujer sin sexualidad, para ellos, puede interpretarse como una corrupción de la naturaleza, una aberración de la vida, algo contra natura.
Pero a nosotros nos cuesta mucho entender estas perspectivas, porque hemos sido formados en religiones, escuelas y familias que han heredado estructuras de propias de las conquistas.
Sexualidad, poder y moral importada.
La disputa por la justicia y la libertad de conciencia.
Ah, pero todavía hay un punto por considerar: la forma en que entendemos la justicia. Porque tanto el primer hombre como el segundo, a los que me he referido, dicen defender a los más desprotegidos.
No solo Túpac Amaru, Simón Bolívar, Hugo Chávez, Aimé Césaire y Gustavo Petro han afirmado luchar por los condenados de la tierra. También otras concepciones occidentales han pretendido sostener la farsa de que sus intereses están orientados hacia una justicia en favor de los desprotegidos, los más necesitados y los miserables.
Sin embargo, hay una diferencia marcada: como si se tratara de una extraña coincidencia, por más que cambien en apariencia, muchas de estas tecnologías de poder con orientación teológica occidental han buscado proteger al hombre, pero de un mal sobrenatural, trascendental, lejano a toda inmanencia; es decir, sin reconocer su auténtico ser.
Por ello, sus acciones suelen centrarse en mitigar el hambre, no en erradicarla; en dar limosna o regalías, no en transformar el sistema ni en propender por la auténtica emancipación humana. Buscan aliviar lo coyuntural, pero conservando las viejas estructuras de control y de poder sobre los cuerpos. Es la típica imagen atribuida a la llanada madre Teresa: mientras procuraba la salvación de las almas, mantenía a los miserables de Calcuta en condiciones de marginación que limitaban sus posibilidades reales de vida, mientras les hacia el juego a los más poderosos del planeta.
¿Es justicia aliviar el dolor sin transformar las
estructuras que lo producen?
Uno no puede entender cómo quien por un lado reparte pan, por otro lado, cierra toda posibilidad de emancipación, y por el contrario, fomenta aquel pensamiento reaccionario y racista con el que por siglos sean sostenido las peores explotaciones sobre la humanidad. Esto me hace re-pensar la conocida frase: “No ´solo´ de pan vive el hombre”.
Entre la limosna y la emancipación.
Porque el asunto no es convencer a los hombres de un único camino; lo que está en juego es el derecho a que cada quien pueda vivir una vida digna. Y, al parecer, esto solo se logra creando las condiciones de posibilidad en las que la cultura del sujeto se exprese en la libertad de conciencia; es decir, en una justicia cognitiva y epistemológica más que en una aparente justicia meramente material. Si el sujeto no tiene acceso a un conocimiento que le permita la expansión de su espíritu y en cambio solo es dirigido hacia una doctrina de control, jamás será libre, aunque él mismo lo grite a los cuatro vientos. No estará rompiendo las cadenas como él aparentemente pueda creer, sino por el contrario, se las está dejando colocar en la mente, en su cultura.
Incluso el sofisma del “sueño americano” puede entenderse como otra versión de la misma metáfora del cielo prometido.
Para cierto imaginario anglosajón, las formas en que nuestros pueblos originarios celebraban sus cuerpos en rituales sagrados son consideradas prácticas más cercanas al mal que al bien.
En cambio, el derroche capitalista de
cuerpos atravesados por el vicio, la pornografía, la obsesión estética por las
cirugías, la avaricia por el dinero y la ambición de poder y explotación suele
llamarse progreso, e incluso es bendecido desde los altares.
Entonces desde luego que la escuela de Gustavo Petro, en la que él se formó y la que el fomenta, no es la escuela que pretende resolver problemas coyunturales, aunque lo haga, más bien es la escuela que pone su finalidad en la formación de sujetos críticos, capaces de pensar y generar un cambio en el sistema racista y explotador que controla y condena a la inmensa mayoría, en favor de una minoría rancia que pretende, basados en falsas enseñanzas, mantenerse por siempre en el poder.




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